31 de Julio Islas de la Bahía celebran en honor a San Ignacio de Loyola

Las Islas de la Bahía son un archipiélago perteneciente a la República de Honduras. Conforman uno de los dieciocho departamentos políticos de esta nación centroamericana.

Las Islas de la Bahía, está formadas por tres islas mayores que son Utila, Roatán y Guanaja. Así mismo, forman parte de este archipiélago las pequeñas islas de Barbareta, Morat y Santa Elena y más de 60 cayos situados a tan sólo 10 y 40 millas de la parte continental de Honduras en el Mar Caribe.​

El archipiélago fue descubierto por Cristóbal Colón en su cuarto y último viaje al continente americano el 30 de julio de 1502. Más precisamente, Colón descubrió la isla de Guanaja a la que llamó ‘Isla de los Pinos’. Estas islas se encontraban densamente pobladas por indios Payas, cuando fueron descubiertas. Sin embargo, estos fueron capturados, esclavizados y vendidos a otras islas de las antillas como Cuba.

Desde su descubrimiento, estas islas fueron dominadas en diferentes períodos cortos por españoles, ingleses y holandeses. A los españoles les siguieron los ingleses. En mayo de 1638 William Claibourne de Virginia recibió una patente de la Compañía ‘Providence’ autorizándolo a establecer una colonia en Roatán. Esto, marcó el comienzo de un gran interés por parte de los ingleses en las Islas de la Bahía, interés que se prolongaría por más de doscientos años»​

Por encontrarse en la ruta de los envíos españoles desde Nueva España (México) hacia España, los asentamientos de españoles e indios fueron regularmente presa de piratas y bucaneros. Sin embargo, el poderío militar español les permitió a estos, gobernar las islas, durante gran parte del siglo XVIII. Pero entre 1827 y 1834, los europeos comenzaron de nuevo a asentarse en Roatán, luego que se prohibió la esclavitud en las colonias inglesas en 1833. En 1859, Inglaterra finalmente cedió el control de las Islas de la Bahía a la República de Honduras.

 

San Ignacio de Loyola

(Íñigo López de Recalde; Loyola, Guipúzcoa, 1491 – Roma, 1556) Fundador de la Compañía de Jesús. Su primera dedicación fueron las armas, siguiendo la tradición familiar. Sin embargo, tras resultar gravemente herido en la defensa de Pamplona contra los franceses (1521), cambió por completo de orientación: la lectura de libros piadosos durante su convalecencia le decidió a consagrarse a la religión.

Se retiró inicialmente a hacer penitencia y oración en Montserrat y Manresa, donde empezó a elaborar el método ascético de los Ejercicios espirituales (1522). Luego peregrinó a los Santos Lugares de Palestina (1523). De regreso a España comenzó a estudiar (ya con 33 años y para poder afrontar mejor su proyecto de apostolado) en las universidades de Alcalá de Henares, Salamanca y París.

Las primeras actividades de San Ignacio de Loyola difundiendo el método de los ejercicios espirituales le hicieron sospechoso de heterodoxia (asimilado a los «alumbrados» o a los seguidores de Erasmo de Rotterdam): en Castilla fue procesado, se le prohibió la predicación (1524) y hubo de interrumpir sus estudios.

En cambio en París (1528-34), donde se graduó como maestro en Artes (aunque no terminó los estudios de Teología), San Ignacio de Loyola consiguió reunir un grupo de seis compañeros a los que comunicó sus ideas y con los que sembró el germen de la Compañía de Jesús, haciendo juntos votos de pobreza y apostolado en la Cueva de Montmartre. Ante la imposibilidad de marchar a hacer vida religiosa en Palestina, por la guerra contra los turcos, se ofrecieron al papa Pablo III, quien les ordenó sacerdotes (1537).

En los años siguientes se dedicaron al apostolado, la enseñanza, el cuidado de enfermos y la definición de una nueva orden religiosa, la Compañía de Jesús, cuyos estatutos aprobó el papa en 1540; San Ignacio de Loyola, cuyo fervor y energía inspiraban al grupo, fue elegido por unanimidad su primer general.

La Compañía reproducía la estructura militar en la que Ignacio había sido educado, pero al servicio de la propagación de la fe católica, amenazada en Europa por las predicaciones de Lutero, que habían puesto en marcha la Reforma protestante. Las Constituciones que Ignacio le dio en 1547-50 la configuraron como una orden moderna y pragmática, concebida racionalmente, disciplinada y ligada al papa, para el cual resultaría un instrumento de gran eficacia en la «reconquista» de la sociedad por la Iglesia en la época de la Contrarreforma católica.

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